La forma en que Isaías se abrió para mí, cómo se derritió… no estaba listo para lo brutalmente bien que se sentía. Me agarraba de los brazos, gemía mi nombre y me apretaba tan fuerte que casi no podía aguantar. Así que me lo tomé con calma: lo calenté, lo provoqué, lo llevé al borde… y al final lo llené.